Llega el verano y, con él, parece que la comida se complica. Cambian los horarios, hay más planes sociales, comemos fuera más a menudo, aparecen los helados, las cenas largas, las comidas improvisadas…y también, para muchas personas, aparece la sensación de «tengo que controlarme».
El verano no es solo una estación del año; también es un momento en el que se activan muchos miedos alrededor de la comida y del cuerpo. Y, sin embargo, podría ser justo lo contrario: una época un poco más flexible, más vivida, de disfrute y con menos rigidez.
Porque, al final, comer en verano no es diferente a comer en invierno. Seguimos siendo las mismas personas, con las mismas necesidades, solo que en otro contexto. Y ese contexto, a veces, no encaja bien con las reglas estrictas
Es muy habitual que en estas fechas aparezca la idea de «he comido peor» o «me estoy saliendo de lo que tendría que comer». Pero la alimentación no funciona así. No es un todo o nada. Un helado no cambia tu salud, igual que una ensalada no la garantiza. Lo que realmente importa es lo que ocurre la mayor parte del tiempo, no los momentos aislados.
Cuando entramos en dinámicas muy rígidas con la comida, sobre todo en personas con TCA o con una historia de mala relación con la alimentación, suele pasar algo bastante conocido: cuanto más intento controlar, más presente está la comida en mi cabeza. Ese control acaba generando más ansiedad, más culpa y más sensación de pérdida de control.
Por eso, en terapia y en consulta, trabajamos mucho la flexibilidad. No como «comer lo que sea sin pensar», sino como la capacidad de adaptarse a situaciones reales sin que eso genere malestar. Poder ir a una barbacoa, comer un helado o improvisar una cena sin que aparezca culpa después. Poder, también, volver a la rutina sin necesidad de compensar nada. El verano, de hecho, puede ser un buen momento para practicar esto, aunque al principio cueste. Hay más situaciones sociales, más exposición a comidas diferentes y más cambios de rutina. Y eso, bien acompañado, puede ayudar a comprobar que el cuerpo no se descontrola por flexibilizar un poco la alimentación.
También es importante recordar algo que, a veces, se nos olvida: no hace falta «preparar el cuerpo para el verano». El cuerpo es el lugar en el que vivimos todo el año. Y merece estar en la playa, en la piscina o en una terraza sin condiciones previas. A menudo también aparece la idea de que en verano hay que «aprovechar» para comer más ligero o que, como hace calor, necesitamos comer menos. Aunque es cierto que el tipo de alimentos que nos apetecen puede cambiar, las necesidades del organismo no desaparecen. Nuestro cuerpo sigue necesitando energía para funcionar, moverse, descansar y disfrutar. Escuchar esas necesidades, en lugar de intentar imponer reglas, suele ser una estrategia mucho más beneficiosa a largo plazo.
Además, muchas de las experiencias más bonitas del verano giran alrededor de la comida: un helado mientras paseamos, una comida familiar, una cena con amigos o una sobremesa que se alarga. La comida no solo nos nutre físicamente; también forma parte de nuestra vida social, cultural y emocional. Permitirse vivir esos momentos sin culpa también es una forma de cuidar la salud.
Cuidarse en verano puede ser, simplemente, comer de forma suficiente, hidratarse, descansar cuando se puede, escuchar el hambre y la saciedad dentro de lo posible y disfrutar de la comida sin convertir cada elección en una decisión moral. Y sí, habrá días más desordenados, comidas más improvisadas y horarios diferentes. Pero eso también forma parte de una vida normal.
Porque una relación sana con la comida no es la que nunca se sale de las normas, sino la que puede adaptarse a los cambios sin romperse. Y el verano, con todo lo que trae, puede ser un buen lugar para empezar a practicar eso. La flexibilidad no es perder el control; es ganar libertad.

